Alerta a luces y sombras 17 de junio de 2015
Hay que considerar la depresión persistente de la industria y las dificultades específicas de la agricultura como pesados lastres para movilizar automáticamente su aptitud de generar nuevos empleos.
Tras pausa ineludible por quebrantos de salud, vuelvo los ojos al curso de los acontecimientos y me encuentro con los episodios concatenados que vienen sacudiendo al país: el de la cruenta arremetida de las Farc contra sus Fuerzas Armadas en el flanco de su Policía Nacional, como en el de su infraestructura de transporte y rentas públicas, principiando por la del petróleo.
A su vez, con los múltiples objetivos de debilitar los ingresos presupuestarios del Estado social de derecho y de ver de echar a pique su dinamismo económico mediante la voladura de plantas de energía eléctrica o el daño irreparable al medio ambiente. Con destrucción de tramos esenciales de oleoductos o inutilización de camiones y derrame de su valiosa carga en lugares no por alejados menos estratégicos. No parecen gestos de paz, sino de hostilidad acentuada.
El desplome de los precios internacionales del petróleo debiera haber tenido serias consecuencias en el planteamiento de las políticas públicas internas. En efecto, en la versión 2 del Plan de impulso a la prosperidad y el empleo se contempla la movilización de recursos disponibles del renglón de regalías e igualmente se dinamiza el azaroso mecanismo de vigencias futuras, comprometiendo de antemano sus ingresos. Los malabares con las cifras dan trazas de orientarse a preservar la confianza nacional en el inmediato futuro y, en lo posible, a despejar este aspecto del ensombrecido panorama económico.
Pero no se advierte el golpe de timón para encarar las nuevas circunstancias. Intacto se observa el criterio de la apertura hacia dentro, con invitación implícita para que otros vengan a aprovecharse del potencial de la demanda interna de nuestro mercado nacional. Es más. Hoy por hoy se anuncia, con sonar de bombos y platillos, que una verdadera revolución se viene gestando en el Ministerio de Comercio, con bajas espectaculares en las tarifas arancelarias, aparentemente dentro del más estricto credo neoliberal. A estas alturas y de espaldas a realidades acuciantes.
Nos resistimos a creer que pudieran escogerse condiciones menos propicias para semejante viraje en la dirección equivocada. A menos que se espere contraprestación a través del ingreso de capitales extranjeros, lo que tampoco explicaría este paso intrépido al vacío. Si es que las versiones en circulación tienen siquiera un adarme de verosimilitud.
A la luz de las cifras y perspectivas del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, que con tanta autoridad y buen juicio viene analizando el catedrático Eduardo Sarmiento, se requerirían políticas contracíclicas para enfrentar la situación, que por lo pronto no tiene reversa. Similares a las que en otros tiempos se aplicaran con éxito y sin mayores traumatismos.
Hay que considerar la depresión persistente de la industria y las dificultades específicas de la agricultura como pesados lastres para movilizar automáticamente su aptitud de generar nuevos empleos. No se olvide que ambas debieron resistir los impactos adversos de la revaluación. Mucho sería esperar que respondieran, en forma rápida y segura, al solo incentivo de la otra cara de la medalla.
La creación de empleo supone acciones congruentes de parte de los poderes públicos, después del auge minero-energético a cuyo empuje se multiplicaron los capitales, pero no las oportunidades laborales.
A su vez, con los múltiples objetivos de debilitar los ingresos presupuestarios del Estado social de derecho y de ver de echar a pique su dinamismo económico mediante la voladura de plantas de energía eléctrica o el daño irreparable al medio ambiente. Con destrucción de tramos esenciales de oleoductos o inutilización de camiones y derrame de su valiosa carga en lugares no por alejados menos estratégicos. No parecen gestos de paz, sino de hostilidad acentuada.
El desplome de los precios internacionales del petróleo debiera haber tenido serias consecuencias en el planteamiento de las políticas públicas internas. En efecto, en la versión 2 del Plan de impulso a la prosperidad y el empleo se contempla la movilización de recursos disponibles del renglón de regalías e igualmente se dinamiza el azaroso mecanismo de vigencias futuras, comprometiendo de antemano sus ingresos. Los malabares con las cifras dan trazas de orientarse a preservar la confianza nacional en el inmediato futuro y, en lo posible, a despejar este aspecto del ensombrecido panorama económico.
Pero no se advierte el golpe de timón para encarar las nuevas circunstancias. Intacto se observa el criterio de la apertura hacia dentro, con invitación implícita para que otros vengan a aprovecharse del potencial de la demanda interna de nuestro mercado nacional. Es más. Hoy por hoy se anuncia, con sonar de bombos y platillos, que una verdadera revolución se viene gestando en el Ministerio de Comercio, con bajas espectaculares en las tarifas arancelarias, aparentemente dentro del más estricto credo neoliberal. A estas alturas y de espaldas a realidades acuciantes.
Nos resistimos a creer que pudieran escogerse condiciones menos propicias para semejante viraje en la dirección equivocada. A menos que se espere contraprestación a través del ingreso de capitales extranjeros, lo que tampoco explicaría este paso intrépido al vacío. Si es que las versiones en circulación tienen siquiera un adarme de verosimilitud.
A la luz de las cifras y perspectivas del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, que con tanta autoridad y buen juicio viene analizando el catedrático Eduardo Sarmiento, se requerirían políticas contracíclicas para enfrentar la situación, que por lo pronto no tiene reversa. Similares a las que en otros tiempos se aplicaran con éxito y sin mayores traumatismos.
Hay que considerar la depresión persistente de la industria y las dificultades específicas de la agricultura como pesados lastres para movilizar automáticamente su aptitud de generar nuevos empleos. No se olvide que ambas debieron resistir los impactos adversos de la revaluación. Mucho sería esperar que respondieran, en forma rápida y segura, al solo incentivo de la otra cara de la medalla.
La creación de empleo supone acciones congruentes de parte de los poderes públicos, después del auge minero-energético a cuyo empuje se multiplicaron los capitales, pero no las oportunidades laborales.
Abdón Espinosa Valderrama
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/alerta-a-luces-y-sombras-abdon-espinosa-valderrama-columna-el-tiempo/15965175
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/alerta-a-luces-y-sombras-abdon-espinosa-valderrama-columna-el-tiempo/15965175
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